El que no escatimó ni a su propio Hijo […] ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?”.
—Romanos 8:32

Querido Señor, esta mañana los dedos de la fe tocan con alegría este carillón de dulces campanas, haciéndolas sonar con júbilo para alabanza de tu misericordioso nombre.

¡Cómo no nos dará!
¡Cómo no nos dará!
¡El que no escatimó!
¡Cómo no nos dará!

¡Qué repique de absoluto triunfo es este! Ni una sola nota de duda o de incertidumbre estropea la música celestial. ¡Despierta, corazón mío, y comprende que es tu fe la que produce tan gloriosa melodía! ¿Apenas puedes creerlo de alegría? Sin embargo, es benditamente cierto, porque el Señor mismo te ha dado la gracia, y luego acepta el tributo de gratitud y alabanza que esa gracia proporciona. Golpea las armoniosas campanas una y otra vez, pues la fe celebra fiesta hoy, y el gozo de la certeza obra maravillas.

¡El que no escatimó!
¡Cómo no nos dará!

¡Escucha cómo la repetida negación afirma gloriosamente el hecho de su disposición para bendecir! Estas campanas de plata tienen verdaderamente el poder de ahuyentar todo lo malo.

El que no escatimó ni a su propio Hijo”. Él dio su tesoro más precioso; ¿podría Él acaso retenerte cualquier otro bien menor? Él ha te ha dado los billetes; ¿te negará las monedas? No; mientras la fe es de este modo avivada por el Espíritu de Dios para convertirse en vivaz ejercicio, las cadencias de jubilosa alabanza deben sonar, claras y altas: “¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?”.

Piensa bien, corazón mío, en lo que “todas las cosas” significa para ti. Si tienes a Cristo, entonces junto con Él, e incluidas en Él, posees “todas las cosas”. Todas las bendiciones espirituales, abundantes y preciosas, están guardadas para ti en este almacén divino, y los dones más selectos y más excelentes de Dios están ahí esperando a que tu fe los solicite. ¡Regocíjate, oh alma mía, en que Cristo y las cosas de Cristo no pueden ser divididas! Perdón, paz, santificación, íntimo caminar con Dios, comunión constante con Jesús y la morada interior del Espíritu Santo; ¿acaso no están todas ellas reunidas “con Él” como un racimo de uvas maduras en una vid escogida? Al tenerlo a Él, tienes todas esas cosas. No hay necesidad ni deseo de tu vida interior que no pueda ser triunfantemente satisfecho por el firme e inquebrantable desafío de la fe: “¿cómo no nos dará?”. Ni tampoco hay necesidad alguna de tu estado temporal que no pueda igualmente solicitar la bendición de poseer “todas las cosas” en Cristo.

Señor, aumenta mi fe, concédeme el ver la profundidad y la anchura, y lo completo y gratuito de ese incalificable amor que no escatimó a su propio Hijo y, por tanto, puede concederme todo don a mí, ¡tu hija que no lo merece! Te doy gracias porque no es al otro lado del Jordán, Señor, donde debo ir para tocar estas encantadoras campanas, sino que aquí y ahora, en el santuario de mi corazón, y durante todo el día en los abiertos soportales de mi vida cotidiana puedo hacer resonar la bendita música para tu gloria, y para mi propia alegría abundante:

¡Cómo no nos dará!
¡Cómo no nos dará!

Sobre El Autor

Susannah Spurgeon

Susannah Spurgeon (1832–1903) —de soltera, Susannah Thompson— fue la esposa del famoso príncipe de los predicadores C.H. Spurgeon. Plenamente identificada con el ministerio de su marido, compartió su obra durante los treinta y seis años que duró su matrimonio. Tras la muerte de Spurgeon en 1892, escribió varias obritas de carácter devocional.

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