Deseo amonestar a todo aquel que profesa ser creyente en Cristo Jesús, a que no se conforme con un poco de religión. De todos los aspectos tristes que la Iglesia cristiana pueda ofrecernos, para mí el más triste es el que presentan aquellos cristianos que están satisfechos con un poco de gracia, un poco de arrepentimiento, un poco de fe, un poco de conocimiento, un poco de caridad y un poco de santidad. Si deseáis ser útiles, si ansiáis promover la gloria de vuestro Señor, si suspiráis sinceramente por una mayor paz interior, entonces no os contentéis con un poco de religión.

Busquemos, mas bien, a medida que transcurren los años, el hacer mayores progresos de los que hemos hecho, el crecer en la gracia y en el conocimiento del Señor Jesús, el crecer en humildad y conocimiento propio, el crecer en espiritualidad y en conformidad a la imagen de nuestro Señor.

Tengamos cuidado de no dejar el primer amor como la iglesia de Éfeso, de no ser tibios como la de Laodicea, de no
tolerar prácticas falsas como la de Pérgamo, de no jugar con falsa doctrina como la de Tiatira, de no volvernos como medio muertos y a punto de morir como la de Sardis.

Procuremos, más bien, conseguir los mejores dones. Esforcémonos en pro de una verdadera santidad. Hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para ser como las iglesias de Esmirna y de Filadelfia. Retengamos lo que tenemos, y continuamente esforcémonos para tener más. Laboremos para que nuestra profesión cristiana no se ponga en tela de juicio. No busquemos como distintivo característico nuestro el ser hombres de ciencia, de talentos literarios u hombres de mundo, sino afanémonos para ser hombres de Dios. Vivamos de tal manera, que el mundo pueda ver que en nosotros las cosas de Dios son primero, y el promover su gloria nuestra meta suprema. Vivamos de esta manera y seremos felices. Vivamos de esta manera y haremos bien al mundo. Vivamos de esta manera y dejaremos buen testimonio cuando abandonemos este mundo. Vivamos de esta manera y la palabra del Espíritu a las Iglesias no nos habrá hablado en vano.

Sobre El Autor

J. C. Ryle

John Charles Ryle, nació en Inglaterra en el año 1816. Sus padres fueron John y Susana Ryle. Terminó sus estudios en las Universidades de Eton y Oxford donde, además de adquirir una buena educación, Su conversión tuvo lugar en el año 1837 después de haber quedado fascinado por una lectura en público del capítulo dos de Efesios Esto es lo que Ryle oyó: “Porque por gracia habéis sido salvados — por medio de la fe — y esto no de vosotros — sino que es don de Dios”. La justificación por la fe, la verdad que transformó a Lutero tuvo el mismo efecto sobre Ryle. En el año 1880, después de cuarenta años en el ministerio, cuando ya tenía sesenta y cuatro años, fue nombrado primer obispo de la populosa ciudad de Liverpool. Allí, Ryle trabajó arduamente e hizo mucho bien hasta que no pudo más y renunció a la edad de ochenta y tres años, unos cuantos meses antes de su muerte, el diez de junio del año 1900.

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