Probablemente ya te habrás dado cuenta de que esta es la historia del personaje bíblico Job, ligeramente disfrazada en términos modernos. La historia de Job es un caso de estudio en el sufrimiento humano. Es la crónica del drama de un hombre justo que experimentó la extrema miseria en este mundo. Su miseria se vio empeorada por la insensibilidad que le mostraban sus amigos. Ellos asumían algo que la Biblia prohíbe. Ellos asumían que el grado de sufrimiento de Job estaba en directa proporción a su pecado. Ellos asumían que en nuestras vidas hay una razón entre sufrimiento y culpa. Como el sufrimiento de Job era grande, debe haber sido una señal de que su pecado era igualmente grande.

Dios no permite esta ecuación. Recordemos la pregunta que le hicieron a Jesús acerca del hombre que había nacido ciego: “Al pasar, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: ‘Rabí, ¿quién pecó, para que éste haya nacido ciego? ¿Él, o sus padres?’ Jesús respondió: ‘No pecó él, ni tampoco sus padres. Más bien, fue para que las obras de Dios se manifiesten en él’” (Juan 9:1-3).

En la ciencia de la lógica, hay una falacia informal llamada la falacia del falso dilema. A veces se la llama la falacia de la falsa disyuntiva. Este error en el razonamiento ocurre cuando un problema se presenta como si solo tuviese dos posibles explicaciones, cuando en realidad existen tres o más opciones.

Algunos asuntos tienen en efecto un carácter de disyuntiva. Por ejemplo, o hay un Dios o no lo hay. No hay una tercera opción. Pero que algunas preguntas puedan reducirse a solo dos alternativas no significa que todas las preguntas puedan reducirse de ese modo. Este es el error que cometieron los discípulos en relación al hombre ciego de nacimiento.

Cuando los discípulos consideraron las penurias del hombre ciego, asumieron que solo había dos explicaciones posibles para ello. O la ceguera era el resultado del pecado del hombre, o bien el resultado del pecado de sus padres.
Su pensamiento era erróneo, pero no era completamente infundado. Ellos estaban en lo cierto en un supuesto. Ellos sabían lo suficiente de la Escritura para darse cuenta de que hay una relación entre el sufrimiento y el pecado. Ellos comprendían que el sufrimiento y la muerte entraron en el mundo por causa del pecado. Antes de que el pecado entrara en el mundo, no había sufrimiento ni muerte.

La muerte no es natural. Puede ser natural para el hombre caído, pero no era natural para el hombre tal como fue creado. El hombre no fue creado para morir. Fue creado con la posibilidad de la muerte, pero no con la necesidad de la muerte. La muerte se introdujo como consecuencia del pecado. Si no hubiese habido pecado, no habría muerte. Pero cuando entró el pecado, se añadió la maldición de la caída. Todo sufrimiento y muerte fluyen del complejo del pecado.

Los discípulos estaban parcialmente en lo correcto en otro punto. Ellos estaban conscientes de que a veces existe un vínculo directo entre el pecado de una persona y su sufrimiento. Por ejemplo, Dios afligió a María con lepra como juicio por su pecado contra Moisés (Números 12:9-10).

El error de los discípulos consistía en suponer que siempre existe una correlación directa, una razón fija, entre el pecado de una persona y el sufrimiento de esa persona. En este mundo, algunas personas sufren mucho menos de lo que merecen por sus pecados, en tanto que otros soportan una mayor proporción de sufrimiento. Esta desigualdad se percibe en el clamor de David: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuando se regocijarán los impíos?” (Salmo 94:3).

Hay ocasiones en que sufrimos inocentemente a manos de otras personas. Cuando eso ocurre, somos víctimas de injusticia. Pero esa injusticia sucede en un plano horizontal. Nadie sufre jamás injusticia en el plano vertical. Es decir, nadie sufre jamás injustamente en cuanto a su relación con Dios. Siempre que carguemos con la culpa del pecado, no podemos protestar que Dios sea injusto al permitir que suframos.

Si alguien me causa sufrimiento injustamente, tengo todo el derecho a rogarle a Dios que me vindique, tal como hizo Job. Sin embargo, no debo quejarme al mismo tiempo con Dios de que él se equivoca al permitir que yo reciba este sufrimiento. En lo que respecta a mi relación con los demás, puede que yo sea inocente, pero en cuanto a mi relación con Dios, no soy una víctima inocente. Una cosa es que yo le pida a Dios justicia en mi trato con los hombres. Otra distinta es que yo exija justicia en mi relación con Dios. No podría hacerse una exigencia más peligrosa que la de un pecador que le exige a Dios justicia. Lo peor que podría pasarme es que reciba la pura justicia de Dios.

Sobre El Autor

R.C. Sproul

Robert Charles Sproul, nació el 13 de Febrero de 1939, en Pittsburgh, Pennsylvania, murió el 14 de Diciembre del 2017, era un teólogo calvinista americano, autor de más de cien libros, y co-pastor de la iglesia Saint Andrew’s Chapel en Sanford. Él es el fundador y presidente de Ligonier Ministries y presentador del programa de radio “Renewing your Mind.” Es graduado de Westminster College, del Seminario Teológico de Pittsburg, y de la Universidad Libre de Amsterdam. En la actualidad, Sproul es profesor de Teología Sistemática en el Seminario Teológico Reformado, en Orlando, y el Seminario Juan Knox, en Fort Lauderdale, Florida.

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