En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros. 1 Juan 4:9

«Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene». Fijaos que nos exhorta a que amemos a Dios. ¿Acaso podríamos amarle si no nos hubiera amado él primero? Si éramos perezosos para amarle, no lo seamos para corresponder a su amor. Él nos amó primero y ni siquiera así le amamos nosotros. Nos amó cuando éramos inicuos, pero destruyó la iniquidad; nos amó siendo inicuos, pero no nos congregó para obrar la iniquidad; nos amó estando enfermos, pero nos visitó para sanarnos. Está claro, pues, que «Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él (1 Jn. 4:8-9)». El propio Señor lo dice: «Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos (Jn. 15:13)». Y la prueba más grande del amor de Cristo es que murió por nosotros. ¿Y qué prueba tenemos del amor del Padre? Que por nosotros envió a su Hijo a la muerte. Dice el apóstol Pablo: «El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él?» (Rom. 8:32). No lo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros. Dice el mismo apóstol: «Me amó y se entregó por mí» (Gál. 2:20). Si el Padre entregó al Hijo y el Hijo se entregó a sí mismo, ¿qué fue lo que hizo Judas?. El Padre hizo una entrega, el Hijo y Judas también. Los tres hicieron lo mismo. ¿Qué es lo que distingue al Padre que entrega a su Hijo, al Hijo que se entrega a sí mismo y a su discípulo Judas que entrega a su maestro? Que el Padre y el Hijo lo hicieron por amor y Judas lo hizo por traición. Lo que hay que mirar, por tanto, no es lo que se hace, sino el espíritu e intención con que se hace. Vemos cómo Dios Padre y Judas realizan un mismo acto; y, sin embargo, bendecimos al Padre y maldecimos a Judas. ¿Por qué bendecimos al Padre y maldecimos a Judas? Porque bendecimos el amor y maldecimos la iniquidad. Vamos a ver, ¿cuántos bienes debe el género humano a la entrega de Cristo? ¿Acaso pensó Judas en esto al entregarlo? Al redimirnos, Dios pensó en nuestra salvación; Judas, en cambio, pensó en el precio que recibiría al venderlo. Que los actos sean distintos depende de la intención. El acto es uno y el mismo, pero si tenemos en cuenta las intenciones, en un caso hay que amarlo y en el otro hay que odiarlo; en uno, glorificarlo; en otro, detestarle. ¡Hasta ahí llega el valor del amor! Fijaos cómo sólo él discierne, mirad cómo sólo él distingue los actos de los hombres.

Acabamos de hablar de actos parecidos. Cuando se trata de actos diferentes, vemos que alguien puede castigar por amor, y mimar con mala intención. Un padre puede castigar a su hijo y un comerciante de esclavos puede mimar a su esclavo. Si propones ambas cosas, los castigos y los mimos, ¿habrá alguien que no evite los primeros y escoja los segundos? Si te fijas en las personas, el amor castiga y la iniquidad mima. Lo que queremos subrayar es que lo que distingue los actos de los hombres es el amor que hay en su raíz. Se pueden hacer muchas cosas que parecen buenas, pero que no proceden de la raíz del amor. Las espinas tienen también flores; hay actos que parecen duros y crueles, pero que quieren corregir, inspirados en el amor. De una vez por todas se te manda este breve precepto: Ama y haz lo que quieras. Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; que en el fondo de tu corazón esté la raíz del amor, pues de esta raíz lo único que puede salir son cosas buenas.

Sobre El Autor

Agustin de Hipona

Agustín de Hipona (354-430), conocido también como San Agustín, fue, padre y doctor de la Iglesia. El «Doctor de la Gracia» fue el máximo pensador del cristianismo del primer milenio y uno de los más grandes genios de la humanidad. Autor prolífico, dedicó gran parte de su vida a escribir sobre filosofía y teología, siendo Confesiones y La Ciudad de Dios sus obras más destacadas.

Artículos Relacionados